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Sobre la gran depresión formada por las cuencas del Júcar y del
Cabriel, entre Ayora y Cofrentes, se levantan, a prudente altura, una
serie de poblaciones rurales de gran atractivo turístico, formando un
manojo de perlas de la tesorería mora, como botones de la garganta
formada entre las sierras del Este y del Oeste (con las ya mencionadas
como cierre): Teresa de Cofrentes, Zarra, Jarafuel y Jalance.
Hemos elegido esta última, por su discreción y buena jala, como
cuartel general para una serie de excursiones muy aleccionadoras.
Entre los argumentos favorables para este propósito, podemos
destacar la multitud de parajes y entornos ensoñadores disponibles,
unido a la despoblación que los circunda, cuya tranquilidad contrasta
con el agobio estresante del colmenar enronquecido de nuestras
ciudades insomnes.
El orden de las rutas propuestas es puramente accidental y no sigue
ninguna pauta determinada, por lo que puede ser alterado líbremente
según el estado de ánimo, el capricho dominante o el resultado de una
votación manos en alto (como en las llegadas a meta).
LA RUTA DE START (JALANCE)
Hoy comenzaremos con la ruta de Start, que no es, ni más ni menos,
que aquella por la que discurre, muy enciclopédicamente, la rambla que
la bautiza; desde muy altas cotas del saber hasta ser engullida por
la succión permanente del Júcar; contribuyendo a lavar los pies de
Jalance, que se mira orgullosa en sus aguas y sus huertas, desde su
asentamiento entre dos cerros emparentados, arracimada, con su
castillo dominante en uno de ellos, recordando la grandeza de otros
tiempos en los que brillaban los aceros.
Tras levantarnos, quitarnos las telarañas de los ojos (para mejor
apreciar las circunstancias y aspectos del recorrido) y un buen
desayuno, buscaremos el indicador de "Los Hervideros" en la carretera
Ayora-Cofrentes, situado en una estrecha callejuela que desemboca en
la del Maestro Honorato Piera; en cuyo final comienza esta ruta. Allí
se abre una extensa hondonada, cercada de montes, verdadero lecho
conyugal labrado por la constante caricia y el lagrimeo continuado de
las atormentadas aguas a lo largo de fructíferos milenios de contacto
íntimo y desgarrador.
Como resultado, estas tierras, lo mismo que las de Jarafuel, son
predominantemente rojas, de un color encendido, sangrante, parecido al
de la tomatina de Buñol; aspecto que no dejaremos de evidenciar, a
medida que vayamos progresando en la materia.
De momento, descenderemos hasta el cauce primoroso del río. Mientras
lo hacemos, al fondo, entre los montes, veremos la enorme y amenazante
pareja de chimeneas de la Central Nuclear de Cofrentes; expulsando,
sin pudor alguno, por sus paralelas bocas, blancas nubes de vapor de
agua, en ascensión compacta, como a cámara lenta, sin ningún rugido
audible; aunque se presiente en las entrañas su sordo rumor desatado.
Surgirán y desaparecerán, entre la bruma, contrastando con el tono
rojizo, gris y metálico oscuro de los numerosos taludes y cimas
situados en la pantalla de nuestro amplio punto de mira.
Antes de percatarnos de ello, estaremos en la confluencia de las
rutas de Moragete (que reservamos para otro dia) y la de Start, que
seguiremos diestramente, cruzando el puente de la más mínima duda.
Durante unos kilómetros, constataremos las cortadas efectuadas en
las lomas laterales para permitir el discurso actual de la carretera,
menos tortuoso que antaño y más elocuente: La roca nos mostrará sus
cicatrices, dignas de figurar en un catálogo de Arte Prehistórico;
bien por sus complicadas estratificaciones (en el Puntal del Puente),
bien por sus colores variopintos (con mechones de todos los tonos,
que reviven con la lluvia, en las laderas del Cerro de Start; del
cual ya han tomado un buen pellizco y herido de muerte con multitud de
tajos verticales en su sólido pecho, quebrantando su luminosidad).
Venden el maquillaje de su bella faz al mejor postor. Menos mal que,
como pena, las voraces sierras caen rendidas y humilladas, jornada
tras jornada, ante el monumental banquete al que se han visto
obligadas a participar, sin el consentimiento de ninguna de ambas.
A 4200 metros de la salida de Jalance, cuando faltan 1800 para
llegar a Los Hervideros, debemos echar el piñón más grande en el plato
más pequeño para afrontar la cabriola, so pena de embarrancar.
El cartel no deja lugar a dudas, hay que continuar por el desvío
situado a babor (con baba o sin baba); pero, por si quedara alguna, a
los 630 m. de esta ascensión de 2150 a El Puntal de Salvaorico (el
desconocimiento de la pena no exime del castigo), debemos encontrar la
Fuente de Pilariquio, muy bonita, pero no apta para catar en estos
momentos decisivos, pues se te puede subir la burbuja a la cabeza y
obligarte a dar media vuelta.
No dejo de preguntarme cómo, por aquí, que era un camino abrupto de
herradura, podían bajar, hasta no hace tanto, las pobres bestias de
carga con el peso de sus carros rellenos del fruto recogido en los
campos de la zona de descanso de 1750 metros; en la cual leeremos, a
poco, un gran anuncio a toda página, que Dios guarde muchos años, que
nos informa que viene La Solana (con otros 1850 m. de ascensión, esto
lo digo yo; segundo varapalo, menos doloroso); por un terreno más
intacto, accidentado y barrancoso, donde se encuentra el famoso
"Insert coin", cuna de la rambla de Start.
Toda esta carretera, en su parte ascendente, da la impresión de ser
magma solidificado como el estaño, adoptando formas parecidas a una
lengua estirada y tortuosa, a la que sólo le traiciona el color para
considerarla viva; que se precipita al vacío con intensidad, sin
contemplaciones, en silencio enmudecido, por rampas que llegan a
superar el 13% de desnivel.
En ella, se derrama la tierra de las empinadas laderas y se deposita
mánsamente en sus cunetas de desagüe, arrastrada por la caida
precipitada de las aguas, como una hermorragia de sedimentos uterinos.
La vegetación es muy variada, verdosa y tierna, resaltando por entre
el profundo color, a veces pedregoso, de su hábitat materno.
A los 350 m. de coronar, hay una bifurcación: El carril frontal
transcurre por la "Ruta del Campo", de caracter rústico. Tomaremos el
de la derecha, "Ruta del Campichuelo"; pues ésta es más atractiva, con

gran diversidad de especies vegetales; y también accede a la comarcal
de Cofrentes, a 3.200 m. de distancia, en la cumbre del Campichuelo
(cuya altitud ronda los 900 m.), donde un triángulo de señalización
advierte, a los impetuosos, rampas del 10%.
Pero allí el firme es de tan excelente calidad que nos permite
disfrutar del clímax más exhaustivo durante el descenso escalonado que
se abre a nuestros pies (y que nos traga enteros, a su pesar).
Las perspectivas visuales son amplias y diversas, con montañas
atractivas, barrancos escarpados y simas recónditas; todo sazonado con
resistentes arbustos y arbolado en formación de revista, soleándose.
En algunos momentos, visualizaremos de nuevo las humeantes teteras
de la Central Nuclear, el nuevo "hervidero" de Cofrentes, que se traga
sin escrúpulos las aguas menores del embalse del Embarcadero para dar
a luz un "hermoso y rico Plutonio" (hijo de Pluto e Hidrola).
El verdadero balneario de Los Hervideros está nada más dejar atrás
el desvío a Jalance por la "Ruta de Start" (a la que igualmente se
accede desde aquí, como nos hace saber el rótulo de "Penva Jalance").
Otro elemento atractivo para el curioso turista, siguiendo hacia
Cofrentes, es la Fuente de la Millarenca, situada al lado de nuestro
corazón herido; con mesas para comer en plan pic-nic, asientos y
buenas vistas (en las que destacan, mostrando sus pliegues, en tareas
de diálisis, las convalecientes montañas desnudas del barranco rendido
a sus pies).
Finalmente, entraremos en Cofrentes (cimentado en un promontorio, a
400 m. de altitud, sobre el abrazo persistente entre las aguas del
Cabriel y las del Júcar) por el Parque de Bomberos y el Jardín y
Fuente de la Juventud (agua que combate las arrugas más rebeldes).
El castillo, al trasluz, parece transparente y frágil (pero es muy
trasnochador), y el rio muy atrayente, con efectos balsámicos. Ha de
saber el incansable viajero que en este término abundan las fuentes
medicinales y las peregrinaciones a las mismas del enfermo caracol
humano (que todo lo resuelve a base de bidones y que sufre los más
amargos tragos).
Tras estas gratas distracciones, sin abandonar nunca la carretera
por la que transitamos, a través de sus calles empinadas, buscaremos
la de Ayora, para volver a nuestro punto de partida, a 7 Kms. de
distancia y 453 m. de altitud; procurando que la mano no nos tiemble
al trazar por los márgenes de la Nuclear: No se puede negar, a pesar
de todo, que la vista es imponente y que el ánimo queda impactado y
sobrecogido.
Cabe decir, ahora que nos acercamos a Jalance, que en sus dominios
proliferan extensos pinares; que los rios Júcar y Cautabán, a su paso,
describen fértiles meandros, cuyo análisis revela un ataque crónico de
gota; y que su agricultura se basa en el cultivo de cereales,
almendros, olivos y, sobre todo, de sabrosos melocotones con pelusilla
agradable al tacto.
Su plato típico es el Ajotonto (con bacalao, patata, tomate y una
poca harina), aunque por aquí tienen una versión propia de la paella
valenciana que no hay que dejar de probar. También, para dormir sin
problemas, quien hubiera sentido la sombra del asedio, puede añadir
a su menú ajos fritos con tomate; además de colgar una ristra de ellos
en el pomo de su puerta, para evitar alcances indeseados en la
oscuridad de la noche.
Bien, tras esta pequeña excursión matutina, una buena ducha y la
correspondiente comida restauradora (en la que no deben faltar las
chuletas a la brasa), dedicaremos la tarde a conocer la localidad y
pasear por sus alrededores; hasta la contemplación del ocaso desde el
punto más elevado posible. Y luego cenaremos, reiremos, cambiaremos
impresiones y pasaremos el velo nocturno, seguro, soñando historias
susurradas por los labios amorosos de Scheherezade...
CASAS DE LA HUNDE (AYORA)
En esta jornada, la etapa será algo más larga pero más asequible, en
cuanto a exhibición de fuerzas y alarde de ojo de buen cubero.
Tras el frugal desayuno, emprenderemos camino en dirección a Ayora.
Rodados unos 7 Kms., de calentamiento matutino (durante los cuales
podremos apreciar, como ayer, en los cortes laterales de la carretera,
como murales, un mosaico de colores al pastel), entraremos por la
"puerta grande" de Jarafuel, situada en la ribera izquierda del río
Cautabán, a 650 m. de altitud.
En su territorio también abundan los pinares (que, aunque se
emborrachan de sol, no doblan, pues siguen un tratamiento natural de
auto-acupuntura); y los cultivos practicados en terrazas sobre el
monte; y el almez, en cuya artesanía son diestros artesanos:
Utensilios agrícolas, bastones (de apoyo y de mando), garrotes (viles
y normales), etc..
Su plato típico es el calducho, compuesto de harina con agua,
tomate, habas, champiñón, etc., muy airoso y nutritivo.
Ya tendremos tiempo de probarlo; de momento, proseguiremos rumbo a
Carcelén-Alatoz, pataleando contra la atracción que ejerce esta urbe
serpenteante sobre nuestros adormecidos cuerpos; hasta escapar con un
quejido lastimoso del abrazo posesivo de su campo de influencia.
A renglón seguido, discurriremos por lo llano, a pelo y a lana,
charlando y reparando en las distintas elevaciones que bordean los mil
metros: A estribor, en la Sierra del Boquerón, el Puntal del Conejo,
en periodo de muda; y, a zocas, El Atalayas, de Zarra (por cuyos
Cerricos transitaremos), bien amarrado a sus vellones.
A 13,6 Kms. de nuestra entrada en Jarafuel, desembocaremos en la
intercomarcal Ayora-Albacete. Dos kilómetros y medio después,
tendremos el grato honor y la profunda satisfacción de poner la goma
de nuestras castigadas ruedas en el suelo patrio de Castilla la
Mancha, a 56 Kms. de Albacete, como señala gratuita y pícaramente el
puntual indicador a las parejas de viejos...
No hemos tomado peyote, pero nuestros diestros ojos no ven "El
Castillico" en la Sierra de la Caballa sino en la de la Palomera (o
Muela del General), a nuestra zurda (¿estamos colgados?): En todo el
perímetro de sus achatadas cimas, emergen pétreas murallas
perfectamente conformadas, cuya base muerde derrotada una alfombra de
pinos invasora.
Instantes antes del Km. 52, nos toparemos, al lado de la maneta con
la que instintivamente cambiaremos al 42, con el desvío a La Hunde;
que tomaremos por sorpresa para tratar de desvelar el misterio de
tanta fortificación extraña, vetusta y descarnada.
Alpera está a 31 Kms., distancia que tratarán de corregirnos,
amablemente y por las buenas, los próximos hitos kilométricos.
A lo largo de 20 de ellos, desde allá arriba, en todas las alturas,
nos observarán impávidas las numerosas fortalezas rocosas existentes,
compuestas de torreones y murallas; protegidas, desde otro punto de
vista, por un nutrido cuerpo de ejército verde leñoso, armado con sus
afiladas agujas defensivas y sus granadas de piñas resinosas e
incendiarias.
Y lo más sorprendente es que todas ellas parecen estar construidas
por la misma y poderosa mano arquitectónica; como si algún avaricioso
mago de hoz hubiera troceado y trasplantado, a éstos sus lares, una
buena porción de la Gran Muralla China (probablemente la que les falta
en sus Inventarios Anuales y otros Cuentos Chinos).
Así lo iremos comprobando.
Hasta el Km. 26 ascenderemos desniveles del 3 al 7% y, tanto al
inicio de la escalada como tras rotar a zurdas, nos enfrentaremos,
sobre nuestros cascos, con el surgir de las primeras muelas (como las
denominan los escasos lugareños; pues, desde otra óptica, se asemejan
a grandes muelas trituradoras emergiendo sobre un tapiz de encías
esmeralda de arbolado monte).
También descubriremos algunos bloques desprendidos, atrapados entre
la tierra y la fuerte vegetación de la ladera, incluso a nuestro
alcance; pero no caben en la pequeña onda de nuestros móviles.
Alternativamente, cuando lleguemos al Km. 28 podremos ir admirando,
a corazón abierto, en panorámica espectacular, las Sierras "marineras"
de la Caballa y del Boquerón; ésta última parece fundirse, a fondo
perdido, en un paisaje lunar. La primera, especialmente, parece estar
lamida por lenguas de arena, como si una marea oculta la fuera
erosionando de raspas y aletas. Pero es la garra humana la que,
de tanto montarla y desmontarla, provoca esta deforestación.
En la parte más próxima, distinguiremos las alineaciones coperas de
la Liga de campos de almendros y olivos, las Casas de Juan Gil y el
polvoriento y serpenteante camino que conduce al embalse de El Molinar
(en donde, el Tribunal competente, tritura, envasa y empaqueta las
aguas hasta encerrarlas en el baúl de Cofrentes, como medida
preventiva).
En el Km. 26 está el Premio de la Montaña y, a escasos metros, se
producirá nuestro reencuentro con la Comunidad Valenciana. La única
diferencia que hay entre ambas es la calidad del asfalto, ¡quién lo
diría!, más rugoso y envejecido ahora. ¡Con la reciente capa que lucía
la primera! (aunque ya empiezan a comérsela los primeros brotes de
hierba salvaje).
Mientras seguimos (se baja muy poco), no dejaremos de avistar los
dominantes bloques de vigilantes farallones tajados a cara vista, que
me atrevería a decir son todos calcáreos unos de otros, como producto
de fotocopias elaboradas por el sabio matraz de la Naturaleza
relampagueante.
En el Km. 22, el murmullo acuoso y cristalino que culebrea por la
cuneta más a mano, precede a la aparición de una fuente fresquísima.
Hay otra en el Km. 21, menos confiada; y, entre ambas, bullen las
instalaciones de un campamento juvenil y Aula de la Naturaleza, bajo
el manto protector de las sombras tejidas por los brazos rampantes
del profesorado arbóreo, entre cuyas ramas se esconde, al parecer, la
caudalosa fuente de La Cadena, de cuatro caños como cuernos de la
abundancia, la cual patrocina nuestras incursiones.
Unos metros más allá, precedidas por una rodela de agua no apta para
el baño, aparecen las apiñadas Casas de La Hunde, abrazadas a los
frondosos árboles circunvecinos para evitar hundirse en el barranco;
con su, apenas perceptible, afilado y desnudo mini-campanario clavado
a tierra como un ancla.
A la derecha, sólo hay algunas aisladas construcciones más modernas,
en los escalones de la montaña; desde cuyo alto, como siempre, los
enigmáticos muros nos controlan impertérritos y severos, con
majestuosa dignidad milenaria.
A La Palomera, de 1250 m. de altitud, se puede acceder, muy poco
después, por una autopista forestal, algo pina y abrupta; cuyo suelo,
lamentablemente, no está aún maduro para nosotros.
Siguiendo el recorrido, por el Km. 16,5 está "El Pichón", bajado de
la mencionada Palomera (seguramente para tenerlo más a mano).
Antes del 13 se puede ir, a contrapelo riguroso, a "El Rebolloso" y
"La Ortina", a buscar rebollones (y volver trasquilados).
Con el 11 en lista de espera, aparecerá la entrada vedada a "El
Hontanar"; no obstante, podremos otear, solitaria y aislada de las
demás, la que es, a mi juicio, la última muela sana, la de Tortosilla
(1210 m.), de la que toman casi toda la escala de notas demoledoras.
En sus largas caderas laterales se asientan, para deleite de los
nuevos Quijotes, decenas de modernos y blancos molinos de viento,
cuyas aspas voltean pausadamente, "cortando el aire", al ritmo de la
caprichosa energía eólica circundante; de la que desgranan su néctar
para sustento de tantos y tantos, e insaciables, esclavos "tragaluces"
(servidores nuestros). Algún brazo amputado da fiel testimonio de la
violenta batalla que se libra a campo abierto.
Con deseos de llegar al Km. 10, percibiremos, "a contrahígado", el
acceso a "Casa Roig" y "La Torca", que requieren cita previa para
pasarnos la revisión de cojinetes.
Finalmente, por el Km. 10, nos toparemos (y frenaremos) con la
placa fronteriza de la "Provincia de Albacete", sin barreras.
Aquí ya es aconsejable darnos la vuelta, educadamente, pues no queda
nada digno de admirar, sólo terrenos de cultivo. A no ser que queramos
visitar la cercana Cueva de la Vieja, muy pintada ella.
¿Tendrán algo que ver sus antiquísimos inquilinos, especie de
Picapiedras, en la construcción o troquelado de las profusas y toscas
defensas?. Porque la verticalidad y uniformidad de las mismas, en toda
esta agrupación de montes colindantes, como fenómeno espontáneo
natural, es realmente sorprendente. Además, casi todas las poblaciones
cercanas se jactan de tener, en mejor o peor estado, su pequeño
castillo particular (Carcelén, Alatoz, Almansa, Ayora, Teresa,
Jalance, Cofrentes, etc.), lo que demuestra una cierta pericia y
predisposición secular; o, tal vez, instinto de réplica, no lo vamos
a discutir.
Otro argumento, de más fuerza todavía, es la cercanía de las ruinas
de la población romana de Castellar de Meca, labrada en la mismísima
piedra de la Sierra del Mugrón. Si fuéramos águilas, mirando en
dirección a Almansa, la avistaríamos a mitad de camino, a unos 10 Kms.
en línea recta. De todas formas, por sus peculiaridades arqueológicas,
esta tarde podríamos visitarla en automóvil (hasta donde pueda
acercarse) y a pie, con el dedo en el disparador de la cámara oculta.
Bueno, dejémonos de divagaciones especulativas y desandemos lo
andado: Saldremos del llano y la montaña volverá a nosotros, aunque no
suela estar tipificado así; y el el que quiera podrá cerciorarse de
que no hay ninguna cumbre desguarnecida de muros protectores. También
entonces comprobaremos el gran surtido de especies arbóreas arraigadas
en las cercanías y proximidades de ambos arcenes.
Esto es monte seco; la altitud por la que rodamos oscila por la
frontera de los novecientos y los mil metros, esporádicamente
superada; algunos tramos se resistirán y la vista se nos perderá en
las alturas, temiendo atisbar algún gigantesco ser; o escuchar, al
menor rumor, el fragor de su solo de ojo en Do menor.
Tras salvar las Casas de La Hunde, cuyo reconocimiento nos ampare,
nos detendremos algunos minutos en la Fuente del Km. 21,8; a beber,
llenar bidones y respirar aire sano. El paisaje es cautivador, óptimo
para el relax más profundo.
Enfrente, en la cabeza de la Loma del Cuerno, las sombras parecen
dibujar, ante la mirada confusa, alguna mansión desgastada e irreal,
guardiana de otras, de oscuras ojivas y arenosas formas. Nada parecido
a lo que se encuentra por este lado, no obstante.
Con acrecentados bríos tras el refrescante efluvio acuoso,
atacaremos las dificultades previas a nuestro nuevo y obligado,
aunque agradecido, tránsito por tierras de La Mancha castellana.
Concluido el descenso en picado, de 5 Kms., como avionetas de caza,
aterrizaremos en la víal de Albacete. Para terminar de sorprendernos
con el avistamiento del resto de enclaves, seguiremos hasta Alatoz (no
más allá, pues podríamos meternos en "El Avispero").
Inmediatamente divisaremos, con pausados latidos, las más largas de
las murallas, conteniendo, en su quiebro frontal más alejado, tres
antenas repetidoras (como exponentes de los intereses actuales en
conjunción con el pasado remoto) que no dejan de emitir el sonsonete
repetitivo de "¡Cuidado con la Caballita, quita, quita...!".
Acabaremos de entender su significado cuando, por el ala derecha,
comience a insinuarse el pico pardo de Enfrente. Yendo advertidos, nos
haremos los despistados, como que no lo vemos (no vaya a ser que nos
atraiga con sus embrujos embaucadores al alcance de sus turgencias de
silicona).
Mirando, pues, hacia el lado interior de la calzada, veremos, a
continuación, la primera y principal de las Muelas de Carcelén, con
signos evidentes de calvicie "pinacular" (obra de la hormiga humana,
que si no hace más de las suyas es porque no dispone de tractores
supersónicos). Cobija en su seno a la población de quien toma el
nombre, y que vislumbraremos desde la lejanía; a no ser que la
visitemos y catemos el agua hilada de su Fuente de la Tórtola, de pico
metálico, situada en un modesto parque, sobre la vera del acceso.
Los siguientes molares parecen más bien como un salpicado de proas
de torreones, no tan uniformes, casi absorbidos por un mar de
coníferas depredadoras; hasta acabar por desaparecer, cerca ya de
Alatoz, punto conveniente para detenernos a almorzar, indagar
historias (con sacacorchos) y mostrar nuestras divisas.
Durante el retroceso, si la hora nos permite alargar el trayecto,
podremos internarnos (hasta cierto punto) por la carretera de Alpera;
que se inicia por el Km. 45, a unos 2 Kms. de Alatoz, y que pica hacia
arriba durante 4700 m.; con terreno escarpado de pino y matorral a
ambos lados, para deleite de los sentidos consentidos.
En el primer kilómetro hay una fuente abundante y de buen paladar
(antiguo abrevadero), que podremos usar, con buen criterio, para lavar
y orear nuestras tripas escocesas.
El trayecto de retorno nos servirá de repaso y confirmación de todo
lo narrado, hasta memorizar sus pormenores y pasar con éxito el examen
final.
De vuelta en nuestra guarida, hoy podremos deleitarnos con el típico
gazpacho ayorino, acompañado de longanizas de 90 mm. "parabellum",
mantecados y torta con miel sobre hojuelas. Al menos, que no
sucumbamos de inanición.
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